Roland Barthes (1915 – 1980)
Tiempo de lectura: 6 minutos

(1915–1980) — Francia

Enseñó a sospechar de todo lo que se presenta como natural. También de la lengua en la que lo enseñaba.

Barthes está en la peluquería cuando alguien le tiende un número de Paris Match. En la portada, un joven soldado negro con uniforme francés hace el saludo militar, con los ojos alzados hacia lo que debe de ser un pliegue de la bandera. La foto es auténtica. Y dice, sin escribirlo en ninguna parte, que Francia es un gran imperio y que todos sus hijos, sin distinción de color, la sirven con lealtad.

Nadie ha mentido, y eso es lo incómodo. La revista se limita a tomar una imagen verdadera y ponerla a trabajar para que algo histórico, un imperio colonial en julio de 1955, con la guerra de Argelia empezada ocho meses antes, se lea como un hecho de la naturaleza, como lo que siempre fue así. Barthes llamó mito a esa operación. Su fórmula cabe en una línea: el mito transforma la historia en naturaleza.

El análisis de esa portada cierra Mitologías (1957). El resto del libro reúne crónicas breves que había publicado entre 1954 y 1956, casi todas en la revista Les Lettres nouvelles, sobre lo que cualquier francés tenía delante, de la lucha libre al rostro de Greta Garbo. El vino aparece ahí como bebida tótem de la nación, y las patatas fritas, como signo alimentario de lo francés. Cada crónica desmonta un objeto que parecía inocente hasta dar con la ideología que trabajaba dentro sin hacer ruido. La herramienta venía de la lingüística. Saussure había imaginado a principios de siglo una ciencia general de los signos, la semiología, y Barthes la sacó del aula para llevarla al quiosco.

Quien se pregunta hoy qué vende de verdad un anuncio, o por qué una foto que circula por las redes parece decirlo todo sola, está haciendo lo que él hacía en aquellas crónicas, aunque no lo sepa.

La deuda con Marx salta a la vista. El mito hace en Barthes el trabajo que el marxismo atribuía a la ideología: borra las condiciones en que se produjo un sentido y lo devuelve como evidencia. Menos conocida es la deuda con Brecht. Barthes vio al Berliner Ensemble en París en 1954 y defendió su teatro desde la revista Théâtre populaire, porque obligaba al público a ver como fabricado lo que la escena burguesa servía como natural. Pero nunca se instaló en una doctrina, y en los años sesenta probó la más ambiciosa de todas.

Era el estructuralismo. Barthes quiso tratar cualquier sistema de significación con el rigor con que un lingüista trata la lengua, y llegó a dedicar un libro entero, Sistema de la moda, al vocabulario de las revistas de moda. Para entonces ya tenía enemigos en la Sorbona. En 1965 Raymond Picard, profesor de esa casa y especialista en Racine, lo acusó en un panfleto, Nueva crítica o nueva impostura, de abusar de la jerga y de proponer interpretaciones que nadie podía comprobar. El blanco principal era el libro de Barthes sobre Racine. Parte del reproche tenía fundamento: aquel Racine, leído con categorías psicoanalíticas muy libres, es difícil de contrastar con el texto. Barthes contestó al año siguiente con Crítica y verdad, y la faja de la portada preguntaba: «¿Hay que quemar a Roland Barthes?».

El ensayo que llegó más lejos se publicó primero en inglés, en 1967, dentro de Aspen, una revista de arte que se vendía en una caja blanca con discos y una bobina de película. La versión francesa salió en 1968. Se titulaba «La muerte del autor». Atacaba un hábito tan arraigado que nadie lo veía: explicar un texto remontándose a quien lo escribió, a su vida y a sus intenciones, como si el sentido fuera una llave que el autor dejó debajo del felpudo. Barthes miró al otro extremo. La unidad de un texto, escribió, no está en su origen sino en su destino, y ese destino es el lector. El ensayo termina pasando la factura: el nacimiento del lector se paga con la muerte del Autor, con mayúscula, el Autor como dueño del sentido.

Con aquel texto la pregunta de las clases de literatura empezó a cambiar, de qué quiso decir el autor a qué hace el texto en quien lo lee. Entre quienes estudiaron con Barthes en esos años estaba Julia Kristeva, llegada de Bulgaria en 1965, que en 1967 acuñó la palabra intertextualidad para nombrar el modo en que todo texto absorbe y transforma otros. Pero el cambio dejó un problema abierto. Si el sentido se activa al leer, falta saber si cualquier lectura vale lo mismo. Umberto Eco, semiólogo como él, dedicó Los límites de la interpretación (1990) a sostener que no: el texto, con su gramática y su coherencia interna, impone condiciones que el lector no puede saltarse a voluntad. Barthes llevaba diez años muerto.

Desde los setenta escribió cada vez más desde el cuerpo. El placer del texto (1973) separa dos maneras en que un libro alcanza a quien lo lee. El placer viene del texto que se lee cómodo, dentro de la cultura que uno ya tiene. El goce (jouissance) viene del texto que desarma, que hace vacilar los gustos del lector y pone en crisis su relación con el lenguaje. La palabra arrastraba ecos de Lacan. Barthes la usaba para algo más llano: decir que leer también ocurre en el cuerpo.

Los libros siguientes llevaron el giro a la primera persona. Roland Barthes por Roland Barthes se abre con una advertencia escrita a mano, según la cual todo lo que sigue debe considerarse dicho por un personaje de novela. Dos años después, Fragmentos de un discurso amoroso (1977) ordenó alfabéticamente las figuras del enamorado, de la espera a los celos, en boca de alguien que dice yo y nunca recibe respuesta. «Es, pues, un enamorado el que habla y dice», avisa el libro antes de entrar en materia. Leído desde Mitologías, puede parecer una retirada: el hombre que desmontaba la propaganda del imperio acaba escribiendo sobre el teléfono que no suena. Aunque el libro está hecho con el mismo material, frases que ya venían hechas, las del amante de repertorio, que Barthes recoge y ordena sin acabar de creérselas.

El 7 de enero de 1977 pronunció la lección inaugural de su cátedra de semiología literaria en el Collège de France. Allí dijo que la lengua es, sencillamente, fascista, porque el fascismo consiste en obligar a decir. Toda lengua obliga. En francés, explicó, uno está forzado a ponerse primero como sujeto antes de enunciar la acción, y a elegir siempre entre masculino y femenino. Salir de ella es imposible. Queda hacerle trampa, y a esa trampa saludable la llamó literatura.

Ese octubre murió su madre, Henriette, con la que había vivido casi toda la vida. La cámara lúcida (1980), escrita en 1979, nace de ese duelo. Empieza como una indagación sobre qué es una fotografía y acaba en otra parte. Barthes llama studium al interés culto con que miramos una imagen según los códigos que compartimos, y punctum al detalle que ningún código había previsto y que hiere a quien mira sin que este sepa bien por qué.

En el centro del libro hay una foto que el lector no ve. Barthes la describe: su madre con cinco años, en 1898, junto a su hermano, al final de un puentecillo de madera dentro de un invernadero. La llama la Fotografía del Invernadero y se niega a reproducirla. Para cualquier otro, escribe, no sería más que una foto indiferente.

El 25 de febrero de 1980, en la rue des Écoles, camino del Collège de France, lo atropelló la furgoneta de una lavandería. Murió en el hospital de la Pitié-Salpêtrière el 26 de marzo. Tenía sesenta y cuatro años.

Había empezado leyendo una portada en una peluquería, seguro de que ninguna imagen es inocente. Terminó guardándose la foto de dos niños en un puente de madera porque sabía que, enseñada, no le diría nada a nadie. Si todo sentido viene hecho, fabricado por una cultura y repetido por una lengua que obliga, ¿de dónde sale la herida que una sola fotografía le hacía a un solo hombre?

«El texto es un tejido de citas provenientes de los mil focos de la cultura.»

— «La muerte del autor» (1968)

Para seguir leyendo

  • Mitologías, Roland Barthes (1957) — La puerta más directa: crónicas breves sobre objetos cotidianos y, al final, el ensayo que explica el método; en español, en Siglo XXI.
  • La cámara lúcida, Roland Barthes (1980) — Su libro más desnudo, donde la teoría de la fotografía se convierte en el relato de un duelo; en español, en Paidós.
  • Roland Barthes. Biografía, Tiphaine Samoyault (2015) — La biografía de referencia, escrita con archivos, diarios y agendas inéditos; en español, en Tres Puntos Ediciones.

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