Maurice Merleau-Ponty (1908 – 1961)
Tiempo de lectura: 6 minutos

(1908–1961) — Francia

Empezó por la percepción, que parecía el más modesto de los temas filosóficos, y terminó sospechando que el mundo está hecho de la misma tela que el cuerpo.

A un organista con oficio le basta una hora de práctica para dar un concierto en un órgano que no ha tocado nunca. No memoriza dónde están los registros ni mide la distancia entre los pedales. Se instala en el instrumento como quien se instala en una casa.

Merleau-Ponty cuenta el caso en la Fenomenología de la percepción (1945) porque le sirve para señalar algo que ni la psicología ni la filosofía de su tiempo sabían dónde colocar. El organista sabe, pero no sabe con la cabeza. Lo que sabe está en las manos y en los pies, y actúa antes de que la conciencia tenga noticia de ello. De ese saber sin testigos sale toda su filosofía.

Las dos explicaciones de la percepción que había heredado el siglo eran incompatibles entre sí y, a su juicio, igual de insuficientes. Para el empirismo, el cuerpo recibe estímulos y la mente los va sumando, de modo que percibir es acumular datos. Para el intelectualismo de raíz cartesiana, percibir es juzgar, y el sujeto contempla el mundo desde fuera, como un espectador sin butaca. Merleau-Ponty empezó a desmontar las dos en La estructura del comportamiento (1942) y terminó el trabajo en la Fenomenología. Su objeción cabe en dos frases. Los datos sueltos son ruido mientras nadie los organice, y esa organización es justo lo que habría que explicar. Y el juicio llega siempre tarde, porque cuando la conciencia se pone a pensar la mesa, la mesa ya estaba ahí, con su peso y a su distancia.

El método consiste en describir con paciencia cómo se percibe de hecho, al margen de cómo dicen los manuales que se percibe. Lo que aparece entonces es un cuerpo que sabe dónde está y lo que puede hacer antes de que nadie se lo pregunte. Merleau-Ponty lo llama cuerpo propio (corps propre) para separarlo del cuerpo que estudia la fisiología, ese conjunto de órganos que se mide y se pesa desde fuera. El sujeto está hecho de ese cuerpo, y solo habla de él como de algo suyo cuando reflexiona, cuando ya ha tomado distancia. Percibir es una manera de estar en el mundo con ese cuerpo; la conciencia que piensa la percepción llega después y se apoya en ella.

La pieza que sostiene todo lo anterior es el esquema corporal (schéma corporel), la competencia con la que el cuerpo organiza sus movimientos sin calcularlos y que se ensancha hasta incorporar lo que usa. El organista lo extiende al teclado. El amputado que sigue sintiendo la pierna que perdió es el caso opuesto. La fisiología mecanicista explicaba el miembro fantasma como una avería de los nervios, y la psicología, como un recuerdo. Merleau-Ponty muestra que ninguna de las dos explicaciones basta por separado, porque el fenómeno pertenece a la vez a los nervios y a la historia del sujeto. El cuerpo habitual, el que sabía lo que podía hacerse con esa pierna, tarda en enterarse de la amputación.

El caso que más trabajo le dio vino de la neurología de guerra. Johann Schneider, soldado del ejército alemán, había recibido una herida profunda en la parte posterior de la cabeza, y Adhémar Gelb y Kurt Goldstein publicaron su estudio en 1918. Schneider podía coger un objeto y no podía señalarlo. Si le pedían un movimiento por orden, fuera de cualquier situación que lo reclamara, empezaba con gestos equivocados y los iba corrigiendo hasta dar con el que le habían pedido. Los neurólogos hablaban de agnosia visual. Merleau-Ponty sostiene que la lesión había alcanzado algo más hondo que la vista, la capacidad de proyectar el cuerpo hacia lo posible, y que la patología dejaba ver por contraste la estructura de la percepción normal.

La deuda con Husserl es explícita, y la corrección también. Para Husserl, la intencionalidad, el hecho de que toda conciencia sea conciencia de algo, pertenecía a la conciencia. Merleau-Ponty la baja al cuerpo y habla de intencionalidad motriz. La mano que va hacia el vaso ya apunta a él antes de cualquier representación del vaso. De Heidegger toma la idea de que el ser humano está en el mundo antes de ser un sujeto que lo conoce, y le añade el cuerpo, que en Ser y tiempo apenas aparece.

La Fenomenología salió el mismo año en que nació Les Temps modernes, la revista de Sartre, y Merleau-Ponty estuvo en su comité de redacción desde el principio. En Humanismo y terror (1947) pensó los procesos de Moscú y concedió a la violencia comunista un crédito condicionado. Ocho años después lo retiró. Las aventuras de la dialéctica (1955) rompía con aquella izquierda y dedicaba un capítulo a acusar a Sartre de «ultrabolchevismo». Para entonces enseñaba en el Collège de France, donde ocupaba desde 1952 la cátedra de Filosofía.

La objeción más persistente apunta al cuerpo que describe la Fenomenología, un cuerpo adulto y sano que hace bien lo que hace, sin sexo ni historia a la vista. Simone de Beauvoir, amiga suya desde los años de estudiante, publicó El segundo sexo en 1949 con herramientas muy parecidas, y allí estaba la pregunta que él no se había hecho, la del cuerpo que vive bajo la mirada de otro que lo define. En 1980, Iris Marion Young le dio forma técnica en «Throwing Like a Girl». Aplicó las categorías de Merleau-Ponty a la manera en que las mujeres de su sociedad aprendían a moverse y encontró un espacio vivido encogido y un cuerpo que se experimenta a la vez como sujeto y como objeto mirado. El cuerpo neutro de la Fenomenología no registra nada de eso. La objeción sigue en pie.

Drew Leder, médico y filósofo, señaló otro hueco en The Absent Body (1990). El cuerpo que funciona tiende a desaparecer de la atención, y nadie piensa en su rodilla mientras sube una escalera sin dolor. Es la enfermedad la que lo devuelve, con su peso y sus límites, y para ese cuerpo que reaparece a la fuerza la Fenomenología tiene poco que decir.

Él mismo había empezado a desconfiar de su libro. En una de las notas de trabajo que Claude Lefort publicó junto a Lo visible y lo invisible (1964), escribió que los problemas planteados en la Fenomenología eran insolubles porque el libro partía de la distinción entre conciencia y objeto. Es decir, de lo que pretendía dejar atrás. El manuscrito quedó a medias el 3 de mayo de 1961, cuando Merleau-Ponty murió en París a los cincuenta y tres años.

En esas páginas aparece la carne (chair) donde antes estaba el cuerpo propio. Merleau-Ponty advierte que lo que él llama así no tiene nombre en ninguna filosofía, y por eso toma una palabra corriente y la fuerza. La carne es el tejido común del que salen, al separarse, el que percibe y lo percibido, y que sigue uniéndolos después. Es un concepto más inquietante que el de cuerpo propio, y menos humanista, porque hay en la carne algo que no pertenece al yo.

El ojo que ve puede ser visto. Cuando la mano derecha toca a la izquierda e intenta sentirse tocada al mismo tiempo, la experiencia se le escapa y una de las dos manos pasa a ser cosa. Merleau-Ponty llamó quiasmo a ese cruce entre el cuerpo que percibe y el mundo percibido, dos caras de lo mismo que no llegan a coincidir.

La ciencia cognitiva llegó a un sitio parecido por otro camino. En The Embodied Mind (1991), Francisco Varela, Evan Thompson y Eleanor Rosch presentaban su proyecto como la continuación del programa que Merleau-Ponty había abierto una generación antes, y propusieron llamar enacción a la cognición entendida como acción de un cuerpo en su entorno. Antonio Damasio sostuvo en El error de Descartes (1994), desde la neurología y sin partir de la fenomenología, que la emoción y el estado del cuerpo forman parte del razonamiento. La cognición encarnada ha dado después resultados desiguales, y alguno de sus experimentos más citados, como el del bolígrafo sujeto entre los dientes para forzar una sonrisa, no se pudo reproducir en el estudio multicéntrico de 2016. La intuición de Merleau-Ponty no depende de esos experimentos, aunque tampoco sale reforzada por ellos.

Vuelve el organista. En una hora ha hecho suyo un instrumento que no conocía. Habrá otra hora, años después, en que las manos no encuentren el registro y ese saber que nunca pasó por la conciencia se retire igual que llegó, sin consultarla. Merleau-Ponty describió cómo se adquiere y cómo lo rompe una lesión. La retirada lenta, la de la edad, es otra cosa, y él no tuvo tiempo de envejecer.

«Porque estamos en el mundo, estamos condenados al sentido.»

— Fenomenología de la percepción, prólogo (1945)

Para seguir leyendo

  • Fenomenología de la percepción, Maurice Merleau-Ponty (1945) — La obra capital, en la traducción de Jem Cabanes (Península); el prólogo y la primera parte, la dedicada al cuerpo, contienen el núcleo.
  • El mundo de la percepción. Siete conferencias, Maurice Merleau-Ponty (2002) — Las charlas que dio por la radio en 1948, la puerta más amable a su pensamiento (FCE).
  • En el café de los existencialistas, Sarah Bakewell (2016) — Biografía coral de la fenomenología francesa que trata a Merleau-Ponty como figura central y no como acompañante de Sartre (Ariel).

Grupo 3 — Los que escucharon el cuerpo antes que la mente.

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