(1930–1992) — Francia
Aprendió a pensar en un castillo del Loira donde el personal y los internos se repartían el trabajo en una rejilla de tareas rotatorias. Salió de allí convencido de que un pabellón y un planeta enferman de la misma manera.
En 1989, en un libro de poco más de setenta páginas, un psicoanalista francés puso a Donald Trump en la misma lista que las algas mutantes de la laguna de Venecia. La comparación tenía método.
La página de Las tres ecologías avanza así. Unas algas monstruosas invaden la laguna; las pantallas de televisión se saturan de imágenes y enunciados que Guattari llama degenerados; y otra especie de alga, esta de la ecología social, es la libertad que se concede a un promotor para comprar barrios enteros de Nueva York y de Atlantic City, renovarlos, subir los alquileres y empujar a la calle a decenas de miles de familias pobres, que serían el equivalente de los peces muertos. Para él, la laguna y el barrio eran el mismo problema mirado con lentes distintas. A la articulación ético-política entre el medio ambiente, las relaciones sociales y la subjetividad la llamó ecosofía, y al sistema que degrada los tres registros a la vez, Capitalismo Mundial Integrado: un capitalismo cuyo poder se ha desplazado de las fábricas de bienes a la producción de signos y de subjetividad.
Esa manera de mirar la aprendió en una clínica. Guattari no era médico ni psiquiatra; había empezado Farmacia y la dejó por la filosofía, y se analizó con Jacques Lacan. A Jean Oury lo conoció por el hermano de este, Fernand, que había sido su profesor en el instituto, y en 1955 lo siguió a La Borde, la clínica que Oury había abierto dos años antes en un castillo de Cour-Cheverny. Allí trabajó, entre viajes y campañas, el resto de su vida. La Borde partía de un principio fácil de enunciar y difícil de cumplir: no se puede tratar a un psicótico sin transformar la institución entera que lo trata. Las tareas se repartían en una rejilla rotatoria, la grille, de modo que nadie quedaba fijado a su puesto, y a Guattari, contó uno de los que trabajaron con él, le gustaba desclasificar a la gente.
De ese suelo salió su primer concepto propio, presentado en 1964. Pidió imaginar un campo cercado con caballos a los que se les han puesto anteojeras regulables. Si las anteojeras los ciegan del todo, los caballos chocan entre sí de forma traumática; a medida que se abren, empiezan a moverse sin hacerse daño. El grado de apertura de esas anteojeras en un grupo humano, cuánto ve cada nivel de lo que ocurre en los demás, es el coeficiente de transversalidad. Servía para medir lo que pasaba en un pabellón concreto, entre un enfermero, un paciente y un analista, antes de servir para ninguna otra cosa.
El paso a la política no fue un paso, porque Guattari nunca separó los dos terrenos. Un servicio hospitalario y una célula de partido enferman igual cuando reciben su sentido desde fuera y repiten consignas que no han formulado: es lo que llamó un grupo sometido. Mejoran, cuando mejoran, si toman la palabra sobre su propia situación y se abren a otros grupos: el grupo sujeto. Lo sabía por experiencia. Había militado en el trotskismo desde la adolescencia, escribió de 1955 a 1965 en La Voie communiste, se opuso a la guerra de Argelia y en 1965 fundó la revista Recherches. Años después pediría a los profesionales de lo «psy» que se quitaran las batas blancas, empezando por las invisibles que llevan en la cabeza. Quien haya hecho guardias sabe que esa es la que más cuesta colgar.
En junio de 1969, un amigo común, Jean-Pierre Muyard, lo llevó en coche hasta el Lemosín para que conociera a Gilles Deleuze, que convalecía en Saint-Léonard-de-Noblat. La posteridad contó aquel encuentro como el del filósofo riguroso con el militante desordenado que le traía material en bruto, y los papeles desmienten la mitad de esa historia. Mientras se escribía El Anti-Edipo (1972), Guattari mandaba notas y esquemas que Deleuze reelaboraba. Cuando esos borradores se publicaron, ya en este siglo, al cuidado de Stéphane Nadaud, apareció un Guattari que fabricaba conceptos con una minuciosidad casi matemática. La noción de máquina, el estudio de los fantasmas de grupo, la transversalidad llevada fuera del hospital: buena parte del utillaje del libro venía de La Borde. Del cruce de los dos salió el esquizoanálisis, que no era una terapia para esquizofrénicos sino un modo de leer cómo el deseo se engancha a las instituciones y al dinero. El biógrafo François Dosse documenta también lo contrario: sostiene que ¿Qué es la filosofía? (1991) lo escribió Deleuze solo y lo firmaron los dos como homenaje a la amistad.
La sospecha contraria no ha desaparecido. Slavoj Žižek, en Órganos sin cuerpo (2004), habla de un Deleuze «guattarizado» y sostiene que la colaboración le ofreció una salida fácil para un atolladero de su propia ontología; el Deleuze bueno sería el de antes. Más dura, porque apunta a cómo usaban la ciencia, es la objeción de Alan Sokal y Jean Bricmont en Imposturas intelectuales (1997), que dedican un capítulo a la pareja y documentan préstamos de la física y la matemática, vaciados del contenido que esos términos tienen en su disciplina. La objeción alcanza de lleno al Guattari de los libros en solitario, poblados de diagramas y neologismos. Y encierra una ironía que él no parece haber advertido: en Las tres ecologías pedía a las ciencias humanas que se desprendieran de las «referencias y metáforas cientificistas» tomadas de la termodinámica, la topología o la teoría de sistemas.
La segunda objeción es menos técnica y más grave. Una filosofía que trata el deseo como una fuerza que hay que liberar de sus códigos tiene que decir en algún momento qué deseos no se liberan, y Guattari tardó en decirlo. En marzo de 1973, el número 12 de Recherches, Trois milliards de pervers (tres mil millones de perversos), se publicó como una gran enciclopedia de las homosexualidades. Fue secuestrado por ultraje a las buenas costumbres, Guattari fue juzgado y multado, y Michel Foucault declaró en el proceso; aquel número es hoy un hito en la historia de las luchas homosexuales. En enero de 1977, en cambio, Guattari firmó con Roland Barthes, Simone de Beauvoir y decenas de intelectuales una tribuna en Le Monde que defendía a tres hombres en prisión preventiva desde 1973 por atentado al pudor contra menores de quince años, y presentaba a los niños como consentidores. Fue un error compartido por buena parte del París intelectual. En la obra de Guattari es, además, una respuesta equivocada a la pregunta que había aplazado.
Los años ochenta, que él tituló Les années d’hiver, los años de invierno, lo dejaron sin el movimiento que le había dado sentido, y lo buscó lejos. Visitó Brasil siete veces desde 1979, invitado por la psicoanalista Suely Rolnik, y en 1982 recorrió el país durante un mes, cuando salía de la dictadura. El 1 de septiembre de aquel año entrevistó a un sindicalista metalúrgico que se presentaba a gobernador de São Paulo por un partido recién fundado y que veinte años después llegaría a la presidencia, Luiz Inácio Lula da Silva. De aquel viaje salió Micropolítica. Cartografías del deseo (1986), que montó Rolnik con conversaciones y cartas. Es el libro donde mejor se entiende la apuesta de Guattari: que la política molar, la de los partidos y los Estados, no avanza si no cambia a la vez la molecular, la del deseo y la manera de vivir de cada grupo.
Su último libro, Caosmosis (1992), lleva la apuesta hasta el final: la subjetividad se fabrica con materiales humanos y no humanos, y por eso puede fabricarse de otro modo, como se hace una obra. Para pensarlo tomó de Francisco Varela el concepto de autopoiesis, al que ya remitía en Las tres ecologías, y lo extendió a las instituciones y a las máquinas técnicas, un terreno que Varela reservaba a lo vivo. En 1989 Guattari anunció una «subjetividad asistida por ordenador» y una era posmediática en la que los medios, cada vez más pequeños y baratos, serían reapropiados por una multitud de grupos sujeto. La primera mitad se cumplió casi al pie de la letra. La segunda llegó del revés: los medios se abarataron hasta caber en un bolsillo y quienes se los apropiaron fueron unas pocas plataformas que fabrican subjetividad a escala industrial, que es lo que él había descrito con el nombre de Capitalismo Mundial Integrado.
Murió en La Borde el 29 de agosto de 1992, de un infarto. En Las tres ecologías había dejado una escena que no encaja del todo en su argumento. Alain Bombard presentó un día en televisión dos peceras: una con agua contaminada del puerto de Marsella, donde un pulpo se movía como si bailara, y otra con agua de mar limpia. Cuando cambió el pulpo de pecera, el animal se encogió y murió en pocos segundos. Guattari la contó para defender que no hay vuelta atrás hacia una naturaleza intacta y que habrá que arreglárselas con lo que ya existe. En el libro, el pulpo no vuelve a aparecer.
«Los individuos deben volverse a la vez solidarios y cada vez más diferentes.»
— Félix Guattari, Las tres ecologías (1989)
Para seguir leyendo
- Las tres ecologías, Félix Guattari (1989) — Setenta páginas sin coautor, con la edición española de Pre-Textos; la mejor puerta a su voz propia, y la más actual.
- Micropolítica. Cartografías del deseo, Félix Guattari y Suely Rolnik (1986) — El Guattari conversador y viajero, menos hermético que en ningún otro libro, con la entrevista a Lula dentro (Traficantes de Sueños).
- Gilles Deleuze y Félix Guattari. Biografía cruzada, François Dosse (2007) — Voluminosa, a ratos complaciente, pero imprescindible para ver dónde acaba uno y empieza el otro (Fondo de Cultura Económica).
Grupo 2 — Los arquitectos de la sospecha. Par indisociable con Gilles Deleuze (nº 14, Grupo 2); Michel Foucault (nº 9, Grupo 2), testigo en el proceso de Recherches.
Otros del grupo
Gilles Deleuze · Louis Althusser · Jean Baudrillard
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Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.
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