(1906–1995) — Lituania / Francia
Un prisionero de guerra, una familia asesinada en Lituania y una pregunta que la filosofía había dejado para después: qué le debo a quien me mira.
Stalag XI-B, Fallingbostel, cerca de Hannover. Al volver del trabajo forzado en el bosque, los hombres de un comando de prisioneros de guerra judíos se encontraban cada tarde con un perro que salía a recibirlos, saltando y ladrando de alegría. Los prisioneros lo llamaron Bobby.
Treinta años después, uno de aquellos hombres le dedicó un texto breve, Nom d’un chien ou le droit naturel (1975), y lo llamó «el último kantiano de la Alemania nazi». Bobby no tenía máximas ni imperativo categórico. Tenía algo anterior a cualquier máxima: reconocía como hombres a quienes el campo trataba como otra cosa. El que escribió aquello se llamaba Emmanuel Levinas.
Debajo hay una pregunta antigua: de dónde sale la obligación moral. La tradición la había hecho nacer del contrato o de la razón universal. Levinas sostuvo que todas esas respuestas llegan tarde. Cuando alguien se pone a calcular si le conviene ser justo, ya ha pasado algo que el cálculo no puede fundar ni deshacer: otro le ha mirado. A ese acontecimiento lo llamó rostro (visage).
La palabra engaña un poco, porque Levinas no habla de rasgos. Habla de la manera en que alguien se me presenta sin caber en lo que sé de él. Mientras lo veo como un tipo, el rival o el cliente, lo tengo ordenado en mi mundo. Cuando me mira, el orden se queda corto. Ahí hay alguien, desnudo de categorías, y su sola presencia me pide algo. Levinas lo dice con una lista que viene de la Biblia, el pobre, la viuda, el huérfano, el extranjero, y lee en esa petición un mandamiento muy viejo: la prohibición de matar. Se puede desoír. Pero desoírlo ya es contestar, y contestar es reconocer que alguien había preguntado.
Esta filosofía tiene fecha y lugar. Levinas nació en Kaunas en 1906, en una familia judía, y llegó a Estrasburgo con diecisiete años para estudiar filosofía. Allí conoció a Maurice Blanchot, con quien mantuvo una amistad de por vida. En 1940 cayó prisionero con el ejército francés, y el uniforme le salvó la vida: como prisionero de guerra quedaba bajo la Convención de Ginebra, aunque los alemanes lo apartaran en un comando para judíos. En el campo escribió buena parte de De la existencia al existente (1947), y llenó unos cuadernos que no se publicarían hasta 2009. Su mujer, Raïssa, y su hija Simone pasaron la guerra escondidas con las hermanas de San Vicente de Paúl, cerca de Orléans. En Lituania no hubo uniforme ni convento. Su padre, su madre y sus dos hermanos fueron asesinados. En 1974 la dedicatoria de De otro modo que ser los recordó en hebreo, junto a los padres de su mujer, y en francés habló de las víctimas «del mismo odio al otro hombre».
Antes de todo eso estuvo Friburgo. Levinas llegó en 1928 para escuchar a Husserl y encontró a Heidegger, que acababa de publicar Ser y tiempo; en Davos asistió como oyente a su disputa con Cassirer. De vuelta en Francia escribió una tesis sobre la teoría de la intuición en Husserl y tradujo sus Meditaciones cartesianas, y fue de los primeros en hacer oír en francés a los dos fenomenólogos. La ruptura con Heidegger tuvo una fecha política, el rectorado de 1933, y Levinas no tardó en escribir Algunas reflexiones sobre la filosofía del hitlerismo (1934). Pero la razón que más le importaba era filosófica. En Ser y tiempo veía una filosofía del ser que comprende: el Dasein proyecta su horizonte y el otro aparece siempre dentro de él, ya interpretado, ya asimilado. Levinas llamó totalidad a ese movimiento por el que la filosofía occidental reduce lo extraño a lo mismo.
Totalidad e infinito apareció en 1961 como tesis de doctorado de Estado, con un subtítulo que dice dónde busca: Ensayo sobre la exterioridad. Su autor tenía cincuenta y cinco años y llevaba catorce dirigiendo la Escuela Normal Israelita Oriental de París. El título contiene la apuesta: frente a la totalidad que lo asimila todo, el infinito que no se deja asimilar. Levinas toma prestada una idea de Descartes, la de que la idea de infinito es la única que contiene más de lo que puede pensar quien la piensa. Así es el otro para mí. Lo que sé de él nunca agota lo que es, y esa desproporción, que suena a mística, es solo la forma de la alteridad. Con eso la pregunta central de la filosofía cambiaba de sitio. La ética dejaba de ser una rama más del árbol, levantada sobre una teoría previa del ser, y pasaba a ser la filosofía primera.
Trece años después, De otro modo que ser, o más allá de la esencia (1974) llevó la tesis al extremo. En el libro de 1961 el yo conservaba una casa propia, un mundo de goce desde el que se abría al otro. Ahora el sujeto es rehén del otro desde el principio, acusado antes de haber hecho nada, responsable antes de haber elegido. Responde por los demás, incluso por la responsabilidad de los demás. Levinas sabía que aquello sonaba desmesurado y no lo rebajó. Lo que describía era una estructura, lo que ya está ahí antes de que empecemos a negociar; las normas vendrían después, y de otro sitio. Cuesta no leer en el lenguaje de este libro, más áspero y menos ontológico, una respuesta a Jacques Derrida, que en «Violencia y metafísica» le había señalado que seguía usando la lengua del ser para escapar de ella.
Hubo otra fuente, que Levinas reconoció tarde. En 1947 Henri Nerson, médico y amigo suyo, le presentó a un maestro errante del Talmud al que todos llamaban monsieur Chouchani. Nadie sabía su nombre verdadero. Entre sus alumnos estuvo también Elie Wiesel. Chouchani murió en Uruguay en 1968 sin haber publicado un libro. Levinas estudió con él unos cinco años, y de ese aprendizaje salieron las Cuatro lecturas talmúdicas (1968) y una manera de leer en la que la pregunta por lo que debo hacer va por delante de la pregunta por lo que es. Derrida, su lector más exigente, pronunció en diciembre de 1995 el discurso fúnebre que luego se publicó como Adiós a Emmanuel Lévinas.
El primer problema lo vio él mismo. La relación cara a cara es de dos, y el mundo nunca lo es. Cuando aparece un tercero, escribió, estamos obligados a comparar lo incomparable, y de esa comparación nacen la justicia y, con ella, el Estado. En una sala de urgencias eso tiene nombre, triaje: un rostro delante, la sala de espera llena y alguien que decide el orden. Levinas dejó señalado el paso de la ética a la justicia, sin llegar a recorrerlo del todo, y su propia política mostró el hueco. En una conversación radiofónica con Shlomo Malka y Alain Finkielkraut, el 28 de septiembre de 1982, una semana después de las matanzas de Sabra y Chatila, dijo que en la alteridad podemos encontrar un enemigo. Howard Caygill ha defendido que la frase no contradice su ética, que el juicio político estuvo siempre a su lado.
Otras objeciones vinieron de cerca. Paul Ricœur, colega suyo en Nanterre desde 1967, le reprochó en Sí mismo como otro (1990) que invocara el mandato demasiado pronto. Para que el otro pueda ordenarme algo, yo tengo que ser capaz de recibirlo, y esa capacidad, una espontaneidad benévola, no cabe en un sujeto que es solo rehén. La crítica feminista había empezado mucho antes. En una nota de El segundo sexo (1949), Simone de Beauvoir señaló que El tiempo y el otro (1947), cuando presenta lo femenino como la alteridad por excelencia, escribe desde el privilegio del varón, que se guarda para sí el lugar del sujeto. Luce Irigaray volvió sobre Totalidad e infinito en Ética de la diferencia sexual (1984) para preguntar si la mujer tiene en esas páginas un rostro propio o es solo la casa donde el sujeto descansa antes de salir al encuentro del otro.
Bobby no tenía que decidir a quién recibía. Los hombres sí. Y una filosofía que empieza en un rostro no dice en ninguna parte dónde se acaban los rostros.
«El rostro abre el discurso original, cuya primera palabra es obligación.»
— Totalidad e infinito (1961)
Para seguir leyendo
- Ética e infinito, Emmanuel Levinas (1982) — Conversaciones con Philippe Nemo, en la traducción de Jesús María Ayuso (Visor, La balsa de la Medusa): Levinas explica sus libros en voz alta y con frases cortas, y es la puerta más corta a todo lo demás.
- Totalidad e infinito, Emmanuel Levinas (1961) — La obra capital, en la traducción de Daniel E. Guillot (Sígueme): exigente, pero la sección sobre el rostro y la exterioridad se deja leer sola.
- Emmanuel Lévinas: la vida y la huella, Salomon Malka (Trotta, 2006) — Biografía traducida por Alberto Sucasas, que firma también el epílogo: la vida que los libros de Levinas dan por sabida.
Grupo 1 — Los que pensaron desde el umbral de la catástrofe.
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Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.
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