(1925–1961) — Martinica / Argelia
Un psiquiatra que había combatido por Francia terminó escribiendo para quienes combatían contra ella. Por el camino aprendió a leer su propia piel como se lee una historia clínica.
Un día de frío en Lyon, un niño blanco se vuelve hacia su madre y dice: «Tiens, un nègre». Mira, un negro. Frantz Fanon lo cuenta en primera persona en Piel negra, máscaras blancas y no le añade nada. No hace falta.
Hasta ese momento su cuerpo funcionaba como lo había descrito Merleau-Ponty: un saber tácito que alcanza un vaso o baja una escalera sin consultar a nadie. La frase del crío lo desarma. En su lugar Fanon encuentra otro esquema, fabricado con relatos y con miedo ajeno, al que llama primero histórico-racial y después epidérmico. «Estoy sobredeterminado desde el exterior», escribe. El proceso tiene dos tiempos y él los ordena: la inferioridad empieza siendo económica y acaba interiorizada o, mejor dicho, epidermizada. Se instala en los gestos, en la mirada que se baja antes de que nadie lo pida. Fanon le puso un nombre que suena a consulta de dermatología, epidermización de la inferioridad, y con él trasladó la pregunta por el colonialismo desde los tratados hasta el cuerpo de quien lo padece.
Había llegado a Francia como soldado antes que como estudiante. Nacido en Fort-de-France en 1925 y alumno de Aimé Césaire en el liceo Schoelcher, se embarcó en 1944 con otros voluntarios antillanos para luchar contra el nazismo. Volvió con metralla en el pecho y una condecoración firmada por el coronel Raoul Salan, el mismo Salan que en abril de 1961 se sumaría en Argel al golpe de los generales. Años después diría que había ido a Europa a defender un ideal caduco. Estudió medicina en Lyon y leyó por su cuenta a Sartre y a Merleau-Ponty, sin más formación filosófica que la que se dio a sí mismo. En 1952 entró como residente en el hospital de Saint-Alban, en Lozère, y pasó allí quince meses junto a François Tosquelles, un psiquiatra de Reus que había tratado a combatientes en el frente de Aragón antes de cruzar los Pirineos en 1939. En Saint-Alban vio por primera vez a los enfermos intervenir en su propia recuperación.
Piel negra, máscaras blancas salió en 1952. Mezcla la historia clínica con el ensayo fenomenológico y deja ver una rabia que el autor no disimula, aunque la controle. Analiza cómo el antillano aprende a medirse por el francés de la metrópoli y a esperar una aprobación que nunca termina de llegar. Es también un libro sobre el deseo de ser otro, de salir de la propia piel por la vía del amor y del matrimonio, y sobre lo que ese deseo le cuesta a quien lo siente.
La herramienta principal del análisis era el psicoanálisis, y Fanon la usó sabiendo que venía forzada. «Ni Freud, ni Adler, ni siquiera el cósmico Jung pensaron en los negros en el curso de sus investigaciones», anota. El instrumento se había fabricado en consultas vienesas, con pacientes burgueses, y él lo aplicaba a un hombre al que un niño acababa de convertir en amenaza. La tensión no se resuelve en el libro, y Fanon no la esconde.
En 1953 se hizo cargo de un servicio en el hospital psiquiátrico de Blida-Joinville, a unos cuarenta kilómetros de Argel. Le tocaron 187 pacientes: 165 mujeres europeas y 22 hombres musulmanes. Para ellos montó un café moro dentro del hospital, porque los métodos traídos de Francia no les decían nada. Un año después empezó la guerra de independencia, y Fanon empezó a colaborar en secreto con el Frente de Liberación Nacional. En diciembre de 1956, cuando temía que lo descubrieran, dimitió con una carta abierta al ministro residente, Robert Lacoste. Si la psiquiatría es la técnica médica que se propone que el hombre deje de ser un extraño en su entorno, argumentaba, no puede ejercerse en un país sometido a una deshumanización sistematizada. Cualquiera que haya firmado un alta sabiendo adónde volvía el enfermo conoce esa aritmética. Un mes más tarde lo expulsaron. Se instaló en Túnez, escribió en El Moudjahid, el periódico del FLN, y en 1960 representó al gobierno provisional argelino en Ghana.
Los condenados de la tierra lo escribió en 1961, sabiéndose ya enfermo de leucemia. Fue él quien pidió el prólogo a Sartre, a través del editor François Maspero, y los dos se conocieron ese verano en Roma. El libro salió en otoño, poco antes de que Fanon muriera en un hospital de Bethesda, cerca de Washington, el 6 de diciembre, con treinta y seis años. Su primer capítulo, el de la violencia, se comió todo lo demás. Fanon sostiene ahí que el orden colonial se fundó y se mantiene por la fuerza, y que la violencia del colonizado contra ese orden tiene una función que describe casi como una cura: deshacer el complejo de inferioridad y devolver al colonizado la condición de sujeto de su historia. El mismo libro advierte contra la violencia espontánea, capaz de destrozar un movimiento, y contra la ilusión de que el odio y el resentimiento basten como programa. Quien lo lee entero encuentra a un clínico preocupado por lo que la guerra deja en las cabezas, no a un predicador.
El prólogo de Sartre fue más lejos que el texto. «Matar a un europeo es matar dos pájaros de un tiro», escribió: se suprimen a la vez un opresor y un oprimido, y quedan un hombre muerto y un hombre libre. Hannah Arendt citó esa frase en Sobre la violencia (1970) y contestó con sequedad que era una frase que Marx nunca habría podido escribir. Observó también que admiradores y detractores parecían haber leído solo el primer capítulo. Su objeción de fondo alcanza a Fanon. La violencia, dice, puede estar justificada, pero nunca será legítima; puede destruir el poder, es incapaz de crearlo, y lo más probable es que deje un mundo más violento. Richard Bernstein ha defendido que la distancia entre los dos se acorta mucho si se lee a Fanon completo. Puede ser. La pregunta de Arendt, qué institución libre sale de una guerra así, sigue sin respuesta, y la historia argelina posterior a 1962 tampoco ha ayudado a darla.
Después vino la canonización. Los movimientos de liberación de los años sesenta lo leyeron como manual; las universidades anglosajonas de los ochenta y noventa, como teoría. En 1991, en Critical Inquiry, Henry Louis Gates advirtió contra la tentación de convertirlo en un teórico global, desprendido de su lugar y de su tiempo, disponible para cualquier causa. Achille Mbembe ha vuelto a leerlo desde Johannesburgo como pensador de la emancipación. El riesgo que señalaba Gates sigue ahí: citar a Fanon se ha vuelto más fácil que leerlo.
El niño de Lyon, si vive, es hoy un anciano del que nadie sabe el nombre. Fanon no llegó a ver la independencia argelina, proclamada en julio de 1962, siete meses después de su muerte. Lo que dejó escrito apunta a algo más lento que un traspaso de soberanía: cuánto tarda en cambiar una mirada cuando la bandera ya ha cambiado, y qué hace mientras tanto con su cuerpo quien la sigue recibiendo.
«Mi última plegaria: ¡oh, cuerpo mío, haz de mí siempre un hombre que interroga!»
— Piel negra, máscaras blancas, 1952
Para seguir leyendo
- Piel negra, máscaras blancas, Frantz Fanon (1952) — La puerta de entrada: el libro donde la fenomenología del cuerpo se encuentra con la mirada racial y no sale indemne.
- Los condenados de la tierra, Frantz Fanon (1961) — Para leerlo entero, prólogo de Sartre incluido, y comprobar cuánto hay en él además del primer capítulo.
- What Fanon Said, Lewis R. Gordon (2015) — Introducción filosófica a su vida y su obra que devuelve a Fanon su estatura de pensador y no solo de icono; sin edición española localizada.
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Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.
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