Walter Benjamin (1892 – 1940)
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(1892–1940) — Alemania

Quiso contar el siglo XIX con citas ajenas, sin una sola frase suya que las explicara, y no llegó a acabarlo. Lo que dejó obliga a leer el pasado como algo que todavía no ha terminado de pasar.


En 1921 Walter Benjamin compró una acuarela de Paul Klee, Angelus Novus. Casi veinte años después la convirtió en el ángel de la historia, que mira hacia atrás, a una ruina que no para de crecer, y querría detenerse a despertar a los muertos. Un huracán se le enreda en las alas y lo empuja hacia el futuro. Ese huracán, escribió, es lo que llamamos progreso.

Lo escribió a comienzos de 1940, en París, en unas tesis Sobre el concepto de historia que no pensaba publicar. A Gretel Adorno le explicó esa primavera que eran pensamientos todavía sin forma definitiva. En septiembre cruzó a pie los Pirineos con un pequeño grupo de refugiados. Llegó a Portbou el día 25, y la policía franquista les comunicó que serían devueltos a Francia a la mañana siguiente.

La mañana del 26 lo encontraron muerto en su habitación del Hotel de Francia, de una sobredosis de morfina. Tenía cuarenta y ocho años. La versión aceptada es el suicidio, aunque el médico del pueblo certificó causas naturales y en Portbou todavía hay quien lo discute. A los demás los dejaron seguir viaje. Lisa Fittko, que había hecho el camino con él, contó que cargaba una cartera negra con un manuscrito; el juez que inventarió sus cosas no lo anotó, y no ha aparecido nunca. Las tesis se salvaron por otro lado. Hannah Arendt tenía una copia y se la hizo llegar a Adorno, y en 1942 el Instituto de Investigación Social las sacó en Los Ángeles, en un folleto a multicopista.

Antes de refugiado, Benjamin había sido un fracaso académico. Judío berlinés, nacido en 1892, presentó en 1925 su habilitación en la Universidad de Fráncfort, un estudio sobre el drama barroco alemán. Le aconsejaron retirarla antes de que la rechazaran, y la retiró. Se publicó como libro en 1928, El origen del drama barroco alemán, y ya contiene el método de casi todo lo que vino después: la alegoría como forma de conocimiento y la ruina como objeto filosófico, más honrado que el sistema terminado. Sin cátedra, vivió de encargos y, durante los años treinta, de la ayuda de ese mismo Instituto, que Max Horkheimer dirigía desde el exilio.

La pieza central de su pensamiento es una manera de mirar el tiempo. La historia, para él, no se deja contar como una cadena de causas que avanza. Un fragmento del pasado y un instante del presente pueden reconocerse de golpe, como en un relámpago, y en ese reconocimiento queda a la vista algo que el relato continuo tapaba: una posibilidad que se perdió, una derrota que no estaba escrita. A ese instante lo llamó imagen dialéctica: el tiempo detenido un momento, el suficiente para que lo que estaba enterrado bajo la secuencia de los hechos pida ser leído otra vez.

Detrás de esa idea hay una teología leída a su manera. Gershom Scholem, el estudioso de la mística judía, fue su amigo más antiguo y acabó siendo el albacea de su obra. Por testamento le llegó también la acuarela de Klee, que hoy está en el Museo de Israel, en Jerusalén. De esa amistad le quedó un vocabulario de redención y de mesías que no soltó nunca. Benjamin lo usa, sin fe que lo respalde, para sostener que el pasado guarda posibilidades que no llegaron a cumplirse y que el presente tiene con ellas una cuenta pendiente. La consecuencia es precisa. Si el tiempo histórico no es una línea homogénea que acumula logros, el progreso deja de servir como categoría filosófica, por mucho que siga sirviendo como consigna.

Cuándo empezó a pensar así es materia de disputa, y la disputa importa. El breve Fragmento teológico-político lo fechó Scholem en 1920 o 1921, en plena inmersión de Benjamin en el mesianismo judío. Adorno, que se lo había oído leer en voz alta, lo situó en 1937 o 1938. Con una fecha, la teología es un residuo de juventud que el marxismo vino a corregir. Con la otra, es la clave que nunca dejó de girar debajo del marxismo. Las dos lecturas tienen defensores serios.

En dos tandas, de 1927 a 1929 y de 1934 a 1940, trabajó en el Libro de los pasajes. Lo dejó sin terminar y no se publicó hasta 1982. Son carpetas de citas, notas y observaciones sobre el París del siglo XIX: las galerías comerciales cubiertas de hierro y cristal, las exposiciones universales, la moda, las barricadas, el coleccionista, el paseante (flâneur). El método lo dejó escrito en una de esas carpetas: montaje literario, nada que decir, solo que mostrar. La idea era que el capitalismo de consumo naciente se delatara por la forma de ordenar sus restos, sin un comentario que lo explicara. Es un programa que no puede cumplirse del todo, porque alguien decide qué se corta y qué se pega, y esa decisión ya es una tesis. En la edición española de Akal, de 2005, ocupa más de mil páginas.

En 1935 escribió La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, publicado en 1936 en francés en la revista del Instituto. Allí aparece el aura: la presencia única de una obra en su lugar, con su historia encima, eso que se pierde cuando la fotografía o el cine la multiplican. Para Benjamin la pérdida tenía dos caras. La obra se suelta del ritual y queda al alcance de cualquiera, lo que puede emancipar. Pero también queda disponible para el espectáculo de masas, y el ensayo se escribió en los años en que el nazismo convertía la política en puesta en escena. Termina con una fórmula citada hasta el desgaste: el fascismo estetiza la política, y el comunismo le responde politizando el arte.

Sus lectores más cercanos fueron sus críticos, y cada uno tiraba de él hacia un lado. Brecht, que le prestó buena parte de su marxismo, escuchó la teoría del aura y apuntó en su diario de trabajo que todo aquello era mística, con una actitud contra la mística. Scholem, desde Jerusalén, empujaba en la dirección contraria. Y Adorno, que escribía además desde el Instituto que le pagaba, le devolvió en noviembre de 1938 el primer ensayo sobre Baudelaire con una objeción seria: Benjamin juntaba el verso y el dato económico de la época sin mediación teórica entre ellos, y los dejaba ahí, uno al lado del otro. Benjamin rehízo el trabajo como Sobre algunos motivos en Baudelaire, y esa versión Adorno la leyó con entusiasmo, aunque siguió pensando que el concepto de aura no estaba pensado hasta el final. La objeción, sin embargo, apunta al corazón del método de los Pasajes, y nadie la ha desmontado: el montaje que muestra sin explicar puede quedarse en simple yuxtaposición.

Esa resistencia a caber en una disciplina explica que hoy lo citen tanto la teoría del cine como los estudios sobre la memoria de las víctimas. Al lector de lengua inglesa se lo abrió Arendt, con la antología Iluminaciones de 1968. Habían compartido exilio en Francia y leído juntos, con Heinrich Blücher, el borrador del libro de Scholem sobre la mística judía. Esa misma resistencia explica la peor parte de su fortuna. Benjamin se ha convertido en un repertorio de frases: el aura y el ángel corren sueltos por ensayos ajenos, sin la teoría del tiempo que los sostenía. Es la acumulación decorativa que su método quería evitar, y el reproche no tiene una réplica cómoda, porque un pensamiento escrito a fragmentos se presta a que lo lean a trozos.

En Portbou, frente a la entrada del cementerio, hay desde 1994 un corredor de acero de Dani Karavan que baja hacia el mar. Se llama Pasajes y termina en una frase de Benjamin: cuesta más honrar la memoria de los que no tienen nombre que la de los célebres. A él lo enterraron en un nicho alquilado, con el nombre cambiado. Cuando el alquiler venció, en 1945, sus restos pasaron a una fosa común. Nadie sabe en qué punto del cementerio está.

«No hay documento de cultura que no sea a la vez un documento de barbarie.»

— Walter Benjamin, Sobre el concepto de historia, tesis VII (1940). Traducción de Bolívar Echeverría.

Para seguir leyendo

  • Tesis sobre la historia y otros fragmentos, Walter Benjamin (1940) — Las tesis completas con los apuntes que las rodean, en la edición y traducción de Bolívar Echeverría: la puerta más corta y más exigente a su filosofía de la historia.
  • Libro de los pasajes, Walter Benjamin (1982) — La obra inacabada, en la edición española de Akal; se recorre por carpetas, sin orden obligado, y es el mejor sitio para ver el montaje funcionando.
  • Walter Benjamin. Historia de una amistad, Gershom Scholem (1975) — El retrato del amigo más antiguo, con la teología y el marxismo tirando de Benjamin desde los dos lados.

Grupo 1 — Los que pensaron desde el umbral de la catástrofe. Conexiones dentro del grupo: nº 1 Hannah Arendt y nº 2 Theodor W. Adorno.

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