Hannah Arendt (1906 – 1975)
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(1906–1975) — Alemania / Estados Unidos

Pasó catorce años sin pasaporte, y en ellos comprobó que los derechos del hombre no protegen a quien no pertenece a ningún Estado. Lo que pensó después sobre la acción y sobre el mal sale de esa intemperie.


Jerusalén, 1961. Hannah Arendt cubre para The New Yorker el juicio a Adolf Eichmann, el hombre que organizó la deportación de millones de judíos a los campos de exterminio, y espera ver a un demonio. Ve a un funcionario que se defiende con frases hechas de oficina desde una cabina de cristal blindado.

De esa impresión salió la banalidad del mal, subtítulo del libro que publicó en 1963 y fórmula que se repite casi siempre torcida. Banal no quería decir trivial. Quería decir que el exterminio pudo ejecutarse sin odio personal ni grandes convicciones, a fuerza de obediencia y de no detenerse a pensar en lo que se hacía.

Desde 1945, Europa se había contado el nazismo de la manera menos costosa: los verdugos eran fanáticos o enfermos, gente de otra pasta, reconocible a simple vista. Ese relato protegía una idea cómoda, la de que el mal llega marcado y se le puede ver venir. Arendt lo rompió. Y al romperlo metió al lector dentro del problema, un sitio bastante menos cómodo que la tribuna del fiscal.

Ella misma estaba dentro. Judía alemana, alumna de Heidegger en Marburgo con dieciocho años y amante suya en una relación que se mantuvo en secreto y no se conoció de forma amplia hasta 1982. Se doctoró en Heidelberg con Karl Jaspers, con una tesis sobre el concepto de amor en san Agustín, y Jaspers fue después el interlocutor de toda su vida. Huyó de Alemania tras la llegada de los nazis al poder, y en mayo de 1940 Francia la internó en el campo de Gurs como extranjera enemiga. Salió de allí unas semanas después, aprovechando el desconcierto que siguió a la capitulación francesa, con unas doscientas de las siete mil mujeres retenidas, y al año siguiente llegó a Nueva York. El Reich le había retirado la ciudadanía en 1937; la estadounidense no llegó hasta 1951. De esos catorce años de apátrida sacó una tesis: los derechos humanos, proclamados como inalienables, no protegen a nadie que no tenga un Estado dispuesto a garantizarlos. Lo primero que pierde el apátrida, escribiría, es el derecho a tener derechos.

En septiembre de 1940 coincidió en Marsella con Walter Benjamin. Él le confió una copia de sus tesis sobre el concepto de historia y murió días después en Portbou. Ella cruzó el océano con aquellas páginas, entregó en Nueva York una maleta con los papeles de su amigo a Adorno y Horkheimer, guardó su copia y casi treinta años después editó en inglés Iluminaciones (1968). Recién llegada, en 1943, publicó «Nosotros, los refugiados», un ensayo breve donde sostenía que los expulsados de país en país eran la vanguardia de sus pueblos. Se relee cada vez que un barco de rescate no encuentra puerto.

Los orígenes del totalitarismo (1951) junta el nazismo y el estalinismo bajo un mismo nombre y sostiene que son algo nuevo en la historia del poder. Un dominio que ya no se conforma con reprimir y aspira a transformar la naturaleza humana, a producir personas incapaces de cualquier gesto espontáneo. Las palabras heredadas, tiranía o despotismo, se quedaban cortas para eso. El tono del libro es frío para un material que le tocaba en carne propia, y esa frialdad, que le reprocharían con dureza tras el libro sobre Eichmann, era su manera de mirarlo de frente.

La pregunta que no soltó después fue qué hace posible la política cuando no se reduce a violencia ni a administración. La respuesta está en La condición humana (1958), que separa tres actividades. La labor sostiene la vida biológica y se consume en el mismo ciclo que la produce, comer y volver a tener hambre. El trabajo fabrica objetos que duran y levantan un mundo común, una mesa o un puente. Y queda algo que solo ocurre entre personas, sin cosas de por medio: empezar lo que nadie esperaba, o prometer ante otros que pueden pedir cuentas. Arendt lo llama acción, y es para ella el único sitio donde la libertad existe de verdad. Una política convertida en pura gestión puede funcionar muy bien y haberse quedado, sin embargo, sin acción.

La acción tiene una raíz que Arendt llamó natalidad. Cada nacimiento trae al mundo a alguien que puede empezar algo que antes no existía, y esa posibilidad es la que la política tiene que proteger. Su maestro Heidegger había pensado la existencia desde la muerte; ella la piensa desde el nacimiento, y de ahí sale una filosofía política más confiada en lo imprevisible que en lo planificado. En agosto de 1955, mientras preparaba el libro, escribió a Jaspers que quería titular su obra de teoría política Amor mundi, amor al mundo. El amor de la tesis sobre san Agustín volvía un cuarto de siglo después, convertido en apego al mundo que se construye en común.

Sobre la revolución (1963) lleva esa distinción a la historia. La revolución norteamericana, según Arendt, consiguió fundar un cuerpo político nuevo y conservarlo porque encauzó la acción en instituciones capaces de durar. La francesa se perdió cuando la miseria de las masas entró en la escena política y la libertad cedió ante la urgencia de la necesidad. Robespierre gobernó en nombre de la compasión, y la compasión, que no admite distancia ni límite, acabó justificando el Terror. Una parte de la izquierda leyó ahí desdén por la cuestión social, y la objeción no ha desaparecido.

Judith Butler le dio su forma más afinada en Cuerpos aliados y lucha política (2015). Arendt deja el cuerpo y sus necesidades en el ámbito privado, fuera de la plaza donde se actúa, y con ellos deja fuera a quien no consigue salir de la urgencia de sobrevivir. También, durante siglos, a las mujeres, a quienes se asignaba esa trastienda. Que una apátrida, alguien que supo lo que era quedarse sin nada, pensara la política desde una plaza a la que no todos llegan en igualdad de condiciones es una tensión que su obra no resuelve.

Lo que sigue en pie es su insistencia en que pensar tiene consecuencias políticas. Quien no se detiene a preguntarse qué hace, ni a mirarlo desde el lugar de otro, deja el terreno libre a la barbarie. A eso lo llamó ausencia de pensamiento, y su ejemplo era Eichmann. Razonaba, y con eficacia, porque organizar trenes hacia el este exige mucho cálculo. Lo que no hacía, según ella, era preguntarse qué estaba haciendo.

El ejemplo es hoy lo más discutido de su obra. En 2011 la filósofa alemana Bettina Stangneth publicó Eichmann vor Jerusalem («Eichmann antes de Jerusalén»), reconstruido sobre las conversaciones que Eichmann grabó en Argentina a finales de los años cincuenta con el antiguo SS neerlandés Willem Sassen. El hombre que habla en esas cintas presume del exterminio como de una tarea cumplida y no muestra arrepentimiento. En Jerusalén, con su vida en juego, Eichmann representó al funcionario gris, y Arendt pudo tomar el papel por la persona. Si el concepto sobrevive a la caída de su ejemplo es una discusión abierta.

La vida del espíritu, que su amiga Mary McCarthy editó tras su muerte y que apareció completa en 1978, es el intento de responder a esa falta con una teoría del pensamiento, la voluntad y el juicio. Le interesaba sobre todo el juicio, la facultad que conecta el pensamiento con el mundo compartido y opera caso a caso, sin reglas previas que lo guíen. Es, en su lectura, lo que a Eichmann le faltó.

No llegó a escribir esa tercera parte. Murió de un infarto el 4 de diciembre de 1975, a los sesenta y nueve años, en su piso de Riverside Drive, con amigos en casa. Había sobrevivido a otro en Escocia año y medio antes y no dejó de fumar. En la máquina de escribir quedó una hoja con el título, Juzgar, y dos epígrafes. El primero era un verso de Lucano que ya había usado para cerrar el volumen sobre el pensamiento: la causa vencedora agradó a los dioses; la vencida, a Catón.

«El mal […] puede arrasar el mundo entero precisamente porque se extiende como un hongo por la superficie.»

— Carta a Gershom Scholem (1963)

Para seguir leyendo

  • Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt (1963) — Parece un reportaje judicial y es el libro que la puso en el centro de la discusión moral de posguerra; conviene leerlo sabiendo lo que hoy se le objeta.
  • Los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt (1951) — La obra capital, larga y exigente; el capítulo sobre la decadencia del Estado nación y el fin de los derechos del hombre se sostiene solo.
  • Hannah Arendt, Elisabeth Young-Bruehl (1982) — La biografía de referencia, la que sacó a la luz la relación con Heidegger; en español la publica Paidós.

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