Jean Améry (1912 – 1978)
Tiempo de lectura: 6 minutos

(1912–1978) — Austria

Escribió toda su obra en alemán, la lengua de quienes lo torturaron, y la firmó con un nombre francés que él mismo había sacado de las letras de su apellido.

Fuerte de Breendonk, entre Amberes y Bruselas, verano de 1943. Los SS cuelgan a un preso de las manos atadas a la espalda hasta que se le desencajan los hombros. Se llama Hans Mayer, tiene treinta años y lo detuvieron el 23 de julio repartiendo octavillas contra los nazis. No le sacan nada.

Pasó más de tres meses en la celda 13. En enero de 1944, rebajado de preso político a judío, lo deportaron a Auschwitz-Monowitz; la liberación le llegó en Bergen-Belsen, en abril de 1945. En 1966, ya con otro nombre, convirtió aquellas horas de Breendonk en un libro de filosofía. Más allá de la culpa y la expiación nació de unos ensayos que él mismo leyó ante el micrófono de la Süddeutscher Rundfunk a partir de 1964, a instancias del escritor Helmut Heißenbüttel, mientras en Fráncfort se juzgaba a una parte del personal de Auschwitz. El autor trata su propia experiencia como material de análisis, con la frialdad de quien levanta un acta.

El nombre nuevo también era una decisión. Había nacido en Viena en 1912, hijo de un padre judío muerto en la Primera Guerra Mundial y de una madre católica que lo crió en su fe y llevó durante años una posada en Bad Ischl. Se formó casi solo, entre la librería donde trabajaba y las clases a las que asistía como oyente en la universidad. En 1935 leyó en un periódico las leyes raciales de Núremberg y entendió que aquel texto lo condenaba también a él. Desde 1955 firmó como Jean Améry, anagrama afrancesado de Mayer, y en 1966 lo convirtió en su nombre legal: un corte con la cultura alemana en la que se había educado y en cuya lengua siguió escribiendo hasta el final.

El último ensayo del libro vuelve a aquella lectura de 1935. Améry no podía ser judío en un sentido pleno, porque no compartía ni la fe ni la tradición, y tampoco podía dejar de serlo, porque el antisemitismo ya había decidido por él. Esa obligación de ser algo que no se puede ser da título al texto. Años después reconoció la misma mecánica, la del hombre fijado por la mirada del otro, en Frantz Fanon, a quien leyó con entusiasmo. En 1968 le dedicó un ensayo radiofónico, «El nacimiento del hombre a partir del espíritu de la violencia», donde tomaba en serio la tesis más discutida de Fanon: que la violencia del colonizado puede ser el camino por el que alguien reducido a cosa se rehace como sujeto. Améry la leyó también en clave de Auschwitz, y esa lectura, ha mostrado el historiador Lutz Fiedler (2017), se le resquebrajaba al llegar a lo específico del exterminio.

El segundo ensayo se titula «La tortura». Su tesis cabe en cuatro palabras alemanas: Wer gefoltert wurde, bleibt gefoltert. Quien fue torturado sigue torturado. Con el primer golpe, escribe, se derrumba la confianza en el mundo (Weltvertrauen), una certeza que nadie elige y nadie nota hasta perderla: que el otro respetará los límites de mi cuerpo y que, si no lo hace, alguien vendrá a ayudar. Nadie viene. Los límites de mi cuerpo, escribe, son también los límites de mi yo.

Con esas páginas discutía con Sartre, al que había leído con pasión y al que dedicaría en 1974 un ensayo sobre su grandeza y su fracaso. En El ser y la nada (1943), Sartre sostenía que ni siquiera la tortura nos desposee de la libertad, porque cedemos a ella libremente. Améry contesta desde el fuerte. El dolor extremo reduce a la persona a cuerpo, y en ese cuerpo ya no queda nadie que elija ceder o resistir. Sartre no había estado en Breendonk. Leída hoy, la página funciona además como reverso de la fenomenología de Merleau-Ponty: si para este el cuerpo propio es la apertura por la que estamos en el mundo, Améry describe qué ocurre cuando esa apertura la fuerza otro.

El tercer ensayo pregunta cuánta patria necesita un ser humano. Lo responde alguien que había salido de Viena la última noche de 1938 y que vivía en Bruselas desde la liberación. Reducida a lo esencial, la patria es para él seguridad, y su pérdida no tiene sustituto.

El cuarto, «Resentimientos», es el más incómodo. Nietzsche había despreciado el resentimiento como moral de esclavos, de almas que miran de reojo. Améry acepta el insulto y le da la vuelta: toda moral verdadera, escribe, ha sido siempre una moral de los vencidos. El resentido se niega a que el tiempo cicatrice lo que no debería cicatrizar. Pide algo imposible y lo sabe, que el tiempo se anule y que el criminal quede clavado a su acto hasta desear, junto a su víctima, que aquello no hubiera ocurrido; solo entonces podrían volver a encontrarse como semejantes. Lo escribía en la República Federal del milagro económico, donde Vergangenheitsbewältigung, la superación del pasado, se había vuelto consigna. El subtítulo alemán del libro juega con esa palabra, Bewältigungsversuche eines Überwältigten: tentativas de superación de alguien que fue avasallado. Améry quería que el resentimiento siguiera vivo en un bando y, despertada por él, la desconfianza hacia sí mismos en el otro.

Con la misma sospecha miraba a quienes convertían Auschwitz en concepto. En 1967 publicó en la revista Merkur «Jerga de la dialéctica», cuyo título parodiaba el del libro de Theodor W. Adorno contra Heidegger, Jerga de la autenticidad. Le reprochaba que capitalizara filosóficamente Auschwitz bajo el rótulo de la negatividad absoluta y que no se atreviera a llamar víctimas a las víctimas ni criminales a los criminales.

Primo Levi pasó por Monowitz en los mismos meses que él. Hety Schmitt-Maas, una alemana que se carteaba con Levi, intentó reunirlos en 1969, y el encuentro no llegó a celebrarse. Se leyeron con recelo. Levi despachó al principio uno de los libros de Améry como palabrería ontológica; Améry llamó a Levi «el que perdona», porque se empeñaba en entender a los alemanes.

En 1976 publicó Levantar la mano sobre uno mismo. El subtítulo original habla de Freitod, muerte libre, y evita Selbstmord, asesinato de uno mismo. Améry describe la muerte voluntaria desde dentro de quien la piensa, como el único acto en que una persona dispone por entero de su final, y acusa al derecho y a la psiquiatría de confiscar ese gesto al convertirlo en síntoma. Pretende devolver dignidad conceptual a un acto que casi siempre se trata solo como enfermedad. Dos años después, el 17 de octubre de 1978, Améry se quitó la vida en un hotel de Salzburgo.

La objeción más seria a ese libro llega de la clínica. Una revisión sistemática de autopsias psicológicas publicada en 2003 por Cavanagh y su equipo encontró un trastorno mental en torno al 90 % de las personas muertas por suicidio en los estudios de casos y controles, frente al 27 % de los controles. El dato es sólido en su dirección, aunque el método, que reconstruye una vida después de la muerte, tiene límites conocidos. Para Améry es incómodo: el suicida lúcido y soberano que él describe existe, pero es raro, y lo frecuente es una crisis que a menudo se puede tratar. Su libro generaliza desde un caso límite, el de alguien a quien el mundo ya había retirado la confianza.

El resentimiento también tiene contradictores. Susan Neiman, en Learning from the Germans (2019), declara su tesis central opuesta a buena parte de «Resentimientos», aunque le reconoce valor para entender la psicología moral de la víctima. Thomas Brudholm, en Resentment’s Virtue, defendió en cambio la negativa de Améry a perdonar como una virtud moral frente al «perdonar y olvidar». El ensayo sobre la tortura volvió a leerse después de 2001, cuando el Gobierno de Estados Unidos discutió por escrito qué técnicas de interrogatorio no llegaban a ser tortura, y W. G. Sebald llevó Breendonk a su novela Austerlitz (2001) pensando en él.

Levi le contestó cuando Améry ya no podía responderle. En Los hundidos y los salvados (1986), ocho años después de Salzburgo, le dedicó el capítulo «El intelectual en Auschwitz». Lo leía con una admiración cautelosa y veía en él una intransigencia tan severa que le había cerrado el paso a cualquier alegría. Queda abierta la pregunta que los separaba: quién puede pedirle a una víctima que deje de mirar atrás, y en nombre de qué.


«Quien sucumbió a la tortura ya no puede sentirse en casa en el mundo.»

— Jean Améry, «La tortura», en Más allá de la culpa y la expiación (1966)

Para seguir leyendo

  • Más allá de la culpa y la expiación, Jean Améry (1966) — Los cinco ensayos que lo definen; la edición española de Pre-Textos lleva el subtítulo Tentativas de superación de una víctima de la violencia.
  • Levantar la mano sobre uno mismo, Jean Améry (1976) — Su discurso sobre la muerte voluntaria, imprescindible para leerlo entero y para discutirlo, también en Pre-Textos.
  • Los hundidos y los salvados, Primo Levi (1986) — El capítulo «El intelectual en Auschwitz» es la réplica que Améry ya no pudo contestar.

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