(1909–1943) — Francia
Una profesora de filosofía que pidió una excedencia para trabajar en una fábrica y salió de allí con la idea más incómoda de su obra: hay un dolor que no le enseña nada a quien lo sufre, y del que casi todos los demás apartan la vista.
El libro más leído de Simone Weil no lo escribió ella. En 1942, poco antes de salir de Francia con sus padres, dejó once cuadernos a Gustave Thibon, un viñador católico del Ardèche al que había conocido en Marsella, y le dio permiso para considerarlos suyos si en tres o cuatro años no volvía a saber de ella.
No volvió a saber. En 1947 Thibon llevó a Plon, editorial entonces conservadora, una selección de fragmentos repartidos en treinta y nueve capítulos con títulos que puso él, y lo hizo al parecer sin permiso de la familia. La llamó La pesanteur et la grâce. Así entró Weil en la Europa de posguerra, como una mística de pensamientos sueltos ordenada por un hombre de derechas. Detrás de aquel montaje había una profesora de filosofía de origen judío que había ido a la guerra de España y había trabajado de peona en tres fábricas.
El 20 de junio de 1934 pidió una excedencia de un año. En diciembre entró en la planta de Alsthom, cerca de París, que fabricaba material para el metro y los tranvías; pasó después por Carnaud y terminó en Renault, de donde salió en agosto de 1935. Fueron unas veinticuatro semanas de trabajo efectivo, con los dolores de cabeza atroces que la acompañaron casi toda su vida. Había entrado en la École Normale Supérieure en 1928, única mujer de su promoción, y se había formado con Alain en el liceo Henri IV. Nada de eso servía delante de una máquina cuyo ritmo fijaba otro. El diario que llevó se va quedando en frases cortas a medida que crece el agotamiento, y en una de ellas anota que la esclavitud le ha hecho perder por completo el sentimiento de tener algún derecho.
De la fábrica sale la categoría que la separa de casi todos los que han escrito sobre el sufrimiento. Hay dolores que se cuentan, que encuentran sitio en una biografía y hasta dejan algo detrás. Y hay otro que junta en la misma persona el dolor del cuerpo, la degradación social y la humillación, y que no deja nada. La arranca de su propia vida y le quita incluso las palabras para pedir ayuda. Weil lo llamó desdicha (malheur). Escribió que el pensamiento huye de ella tan deprisa como un animal huye de la muerte, y eso vale para quien la padece y para quien la mira. Cualquier teoría del sufrimiento que redime choca aquí con un hecho: quien está en la desdicha no sale mejor de ella, y muchas veces ni siquiera se queja.
La otra cara de la desdicha es la fuerza. En el ensayo sobre la Ilíada que publicó en Cahiers du Sud entre diciembre de 1940 y enero de 1941, firmado como Émile Novis por su origen judío, leyó el poema de Homero como el relato de lo que la fuerza hace con quien la sufre y también con quien la ejerce, a los que convierte por igual en cosas. Lo había visto de cerca. En el verano de 1936 se había unido a la columna anarquista de Durruti, en la centuria francófona Sébastien Faure. El 20 de agosto se derramó aceite hirviendo sobre la pierna izquierda y el empeine, y sus padres fueron a sacarla de España. En octubre su antigua unidad quedó casi aniquilada en Perdiguera.
Frente a la fuerza y la desdicha, Weil no propone un programa ni un consuelo. Propone algo que se parece mucho a no hacer nada. En un texto de 1942 sobre el buen uso de los estudios escolares explica que un alumno puede pasar una hora ante un problema de geometría sin resolverlo y haber avanzado igualmente, si de verdad estuvo pendiente del problema. Lo que cuenta en esa hora es haber suspendido el pensamiento propio, haberlo dejado vacío y disponible para que el objeto entre tal como es, sea una figura de geometría o una persona. A eso lo llamó atención. En su sistema es el único gesto capaz de alcanzar al desdichado, porque mirarlo así exige quedarse justo donde el pensamiento quiere huir, y por eso trataba el ejercicio escolar y la oración como una sola práctica. El texto acabó en Attente de Dieu, que Joseph-Marie Perrin y Thibon publicaron en 1950.
La atención tiene un reverso metafísico, y es lo que más aleja a Weil del lector laico. Todo lo que existe cae, y caen también el deseo y el yo, que lo reclama todo. A esa ley la llamó gravedad (pesanteur). Lo único que sube es la gracia, un contrapeso que nadie produce a voluntad. La condición para recibirlo es retirarse, y a esa retirada la llamó decreación (décréation): renunciar al propio yo como, en su lectura, Dios renunció a serlo todo para que hubiera mundo. Ella misma la describía como actividad pasiva, acción que no actúa, una fórmula que tomó de la Bhagavad Gita. Se puede leer en clave teológica o como una crítica de la voluntad de dominio que empieza por la propia persona. Lo que no se puede es separarla del resto, porque la retirada que pide ante Dios es la misma que pide ante el que sufre.
A finales de 1942, después de unos meses en Estados Unidos, llegó a Londres. La Francia Libre le dio un trabajo de despacho; su plan de lanzar enfermeras en paracaídas sobre el frente le pareció a De Gaulle una locura. Allí escribió L’Enracinement, que se publicó en 1949 con el subtítulo de preludio a una declaración de los deberes hacia el ser humano. La obligación precede al derecho, y entre las necesidades del alma la más olvidada es tener raíces, en un lugar y en una memoria que se comparte con otros. Leída sin contexto, esa defensa sirve a cualquier nacionalismo. Weil hablaba de un patriotismo nuevo hecho de compasión, pero el libro no blinda esa diferencia. T. S. Eliot, que prologó la traducción inglesa, la admiraba y aun así le reprochó juicios destemplados y un mundo partido entre el bien y el mal.
Lo escribió una exiliada que se negaba a comer más de lo que comían los franceses bajo la ocupación. Desde abril de 1943 estaba ingresada por tuberculosis. Murió el 24 de agosto en un sanatorio de Ashford, en Kent, con treinta y cuatro años, de insuficiencia cardiaca. La investigación oficial sobre su muerte concluyó que se había quitado la vida negándose a comer mientras tenía trastornado el juicio. Simone Pétrement, amiga y biógrafa, sostuvo que el veredicto era erróneo, porque al final pidió comida y comió un poco. Leído desde una guardia, una tuberculosis en un cuerpo desnutrido que termina en un corazón que cede es una cascada conocida. Lo que no tiene diagnóstico es por qué no comía.
La objeción más grave tiene que ver con el judaísmo. Weil rechazó el Antiguo Testamento y la herencia hebrea de Occidente con una dureza que muchos lectores no consiguen pasar por alto. Emmanuel Levinas, en «Simone Weil contra la Biblia», recogido en Difícil libertad (1963), señaló dos abismos que la separaban de la Biblia sin remedio: el odio al Antiguo Testamento y el horror hacia el pueblo judío. George Steiner le reprochó en 1992 haber escrito lo que escribió sobre los hebreos en plena persecución. La sobrina de Weil, Sylvie, y el biógrafo Thomas Nevin sostienen que nunca renegó del judaísmo. Robert Chenavier propone distinguir entre antisemitismo y antihebraísmo, y reconoce que la frontera es difícil de trazar.
Mary McCarthy tradujo el ensayo sobre la Ilíada para la revista Politics en noviembre de 1945. Albert Camus, que dirigía en Gallimard la colección Espoir, publicó allí ocho libros suyos y en 1951 la llamó el único gran espíritu de su tiempo. Iris Murdoch reseñó sus cuadernos en 1956 y tomó de ella la atención para discutir la figura del agente moral autónomo; a través de Murdoch, la huella de Weil llega al regreso de la ética de las virtudes. Giorgio Agamben y Roberto Esposito han trabajado después con la decreación y con la fuerza. Y la palabra atención, que hoy se mide y se vende por segundos en cualquier pantalla, tiene en ella el sentido contrario al de ese mercado.
Weil había autorizado a Thibon a que sus palabras se transformaran dentro de él y acabaran en un libro suyo. Es casi lo mismo que pedía la decreación: que el yo se retire incluso de lo que ha pensado. Thibon tomó la autorización al pie de la letra, y el resultado fue el libro por el que más se la lee y el que más tapa a la peona de Alsthom y a la miliciana de Durruti. ¿Apropiación de un editor, o la forma de fidelidad que ella misma había dejado prevista?
«La atención es la forma más rara y más pura de la generosidad».
— Carta a Joë Bousquet (1942)
Para seguir leyendo
- La gravedad y la gracia, Simone Weil (1947) — La puerta de entrada más directa, siempre que se lea sabiendo que el orden y los títulos de los capítulos son de Thibon.
- Echar raíces, Simone Weil (1949) — Su único libro pensado como libro, y el lugar donde se ve qué política salía de la atención y de la desdicha.
- Vida de Simone Weil, Simone Pétrement (1973) — La biografía de una amiga de juventud que no la convierte en santa ni en caso clínico.
Grupo 1 — Los que pensaron desde el umbral de la catástrofe.
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Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.
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