(1903–1969) — Alemania
Estudió composición en Viena antes de entregarse del todo a la filosofía, y pensó siempre como quien se niega a resolver un acorde. Le pidieron soluciones hasta el último año de su vida; ofreció disonancias.
Escribir poesía después de Auschwitz es un acto bárbaro. Adorno lo escribió en 1949, en un ensayo sobre la crítica de la cultura, y la frase se cita desde entonces como una prohibición. No lo era.
Diecisiete años después, en Dialéctica negativa, él mismo la corrigió a medias: el sufrimiento tiene tanto derecho a expresarse como el torturado a gritar, y quizá había sido falso decir que ya no se podían escribir poemas. En el mismo pasaje dejaba en pie una pregunta más dura, la de si quien escapó por azar puede seguir viviendo. Lo que la frase de 1949 defendía lo dijo pocas páginas más adelante sin rodeos: toda la cultura posterior a Auschwitz, incluida su crítica más urgente, es basura. La tradición de Goethe y de Kant había convivido con el exterminio sin estorbarlo. Esa es la pregunta que organiza su obra, cómo la civilización más alta desembocó en el asesinato industrial y qué parte de la culpa le toca al pensamiento.
Adorno pertenece a la primera generación de la Escuela de Fráncfort, el grupo de marxistas heterodoxos, judíos casi todos, reunido en torno al Instituto de Investigación Social, que tuvo que dejar Alemania en 1933. Él acabaría en California, después de Oxford y de Nueva York. La etiqueta de escuela se le queda estrecha. En 1925, recién doctorado en filosofía, se fue a Viena a estudiar composición con Alban Berg, y la música ya no lo abandonó. Su prosa está construida para resistir la lectura rápida. Cuesta, y cuesta a propósito, para que nadie resbale sobre las ideas como sobre un eslogan.
El centro de su pensamiento es una sospecha sobre la razón misma. Con Max Horkheimer escribió en el exilio californiano Dialéctica de la Ilustración (1947). La tesis es que la Ilustración, el proyecto de liberar al ser humano del mito mediante la razón, volvió a caer en el mito. La razón que prometía emancipar se convirtió en razón instrumental, en técnica de dominio, sobre la naturaleza primero y, con el mismo gesto, sobre los propios seres humanos, empezando por lo que en cada uno no sirve para calcular. En esa lectura, el exterminio usó la misma racionalidad que organizaba fábricas y horarios de trenes, y no se entiende sin ella. El libro circuló primero en 1944, en copias a multicopista, con el título de Fragmentos filosóficos.
En los mismos años de California escribió Minima Moralia (1951), ciento cincuenta y tres fragmentos subtitulados Reflexiones desde la vida dañada. Ahí la teoría baja a la vida diaria, a los regalos o a la manera de cerrar una puerta. En uno de ellos, el que trata del asilo para quien no tiene casa, sostiene que habitar en sentido propio ya no es posible. La casa burguesa es una reliquia y el piso funcional, una celda. Recuerda a Nietzsche, que se alegraba de no ser propietario, y añade que hoy forma parte de la moral no sentirse en casa en la propia casa.
De esa sospecha sale su libro más difícil. La filosofía, de Platón a Hegel, ha trabajado por identificación: meter cada cosa singular bajo un concepto general y reconciliar al final las contradicciones en una síntesis superior. Adorno ve violencia en ese gesto, porque el concepto se queda con lo que encaja y desecha el resto. Pensar bien sería atender a lo que sobra, a lo que en cada objeto no se deja agotar por su definición, y a eso lo llamó lo no idéntico. Dialéctica negativa (1966) propone una dialéctica negativa, sin el momento consolador de la síntesis, que se queda en la contradicción porque el mundo no está reconciliado. Fingir que lo está le parecía complicidad.
Ese modo de pensar tiene deudas que él no ocultaba. De Hegel tomó la dialéctica para volverla contra su final feliz, y de Marx la idea de que la forma mercancía impregna también lo que parece más libre. La deuda más íntima era con Walter Benjamin, amigo desde los años veinte, de quien aprendió a buscar la verdad en el fragmento y en el detalle menor antes que en el sistema. La herencia salió menos dócil de lo que cabía esperar. Jürgen Habermas, que fue su asistente en el Instituto a finales de los cincuenta, acabó apartándose de esa negatividad sin salida y buscó en la comunicación entre sujetos una razón que no fuera solo dominio.
El blanco más célebre de esa desconfianza fue la industria cultural, término que acuñó con Horkheimer. El cine de Hollywood y la radio no serían cultura del pueblo, sino mercancía fabricada en serie que produce conformidad. Bajo la apariencia de ofrecer diversión y elección, entregan siempre lo mismo y enseñan a desear lo que el sistema necesita que se desee. El espectador cree que se evade y en realidad se adapta. Aquí Adorno fue profético y fue ciego, y hay que decir las dos cosas. Profético porque describió con medio siglo de antelación la fabricación industrial del gusto que hoy hacen los algoritmos de recomendación, y en una época que mide cada canción por segundos de escucha su sospecha parece menos exagerada que en 1947. Ciego porque su desprecio por el jazz, que confundió con su versión comercial más pobre, delata un elitismo que no resiste el examen. El ensayo que le dedicó en 1936 lo firmó con un seudónimo, Hektor Rottweiler.
En el exilio hizo también algo que se olvida, trabajo empírico. Con un equipo de psicólogos de Berkeley firmó en primer lugar La personalidad autoritaria (1950), un estudio con cuestionarios y entrevistas que buscaba el carácter dispuesto a entregarse a un líder fuerte, y que dio nombre a la escala F, de fascismo. Su aportación fue menor que la de sus coautores, Else Frenkel-Brunswik, Daniel Levinson y Nevitt Sanford. La crítica metodológica llegó pronto y con razón: todos los ítems estaban redactados en afirmativo, de modo que quien tiende a decir que sí a todo puntuaba como autoritario, y las muestras no representaban a la población. Herbert Hyman y Paul Sheatsley concluyeron en 1954 que los datos no probaban la teoría. La pregunta, en cambio, sobrevivió al instrumento, y ha vuelto a la ciencia política con el auge de los populismos autoritarios.
La objeción más seria a su método vino de un exiliado vienés. En 1961, en un congreso de sociología en Tubinga, Karl Popper defendió que las ciencias sociales debían someter sus hipótesis a la prueba de los hechos, y Adorno respondió que ningún hecho social se entiende sin la totalidad que lo produce. La llamada disputa del positivismo, que continuaron Hans Albert y Habermas, quedó sin vencedor. Para los popperianos, una teoría de la sociedad que ningún dato puede refutar no es ciencia, y esa sospecha sigue pesando sobre la teoría crítica.
La grieta más honda es otra, y él la habitó sin resolverla. Reservaba para el arte difícil, el que se niega a complacer, el último refugio de la verdad en un mundo administrado. Pensaba en la música de Schönberg y en el teatro de Beckett, sobre cuyo Final de partida escribió en 1961. Ese arte contenía para él un sufrimiento que no se vende. Pero solo llega a quien tiene formación y tiempo para descifrarlo, y así reproduce la exclusión que denuncia. Adorno lo sabía. Su filosofía no ofrece salida ni programa, y se le ha reprochado mil veces tanta crítica sin praxis. El reproche tiene fuerza. También ignora lo que él pensaba de las salidas fáciles: que toda solución prematura, todo optimismo que no haya pasado antes por la desesperación, es ya una reconciliación falsa y una traición a las víctimas. En 1964, en una conversación con Ernst Bloch moderada por Horst Krüger, lo dijo con el mandamiento bíblico que prohíbe las imágenes. De la utopía no se puede hacer un retrato; solo se puede señalar, por negación, lo que falta. En la misma conversación admitió que esa prohibición, llevada al extremo, puede acabar gastando la propia conciencia utópica.
El reproche le llegó en persona en 1969. El 31 de enero, un grupo de estudiantes encabezado por Hans-Jürgen Krahl, su doctorando predilecto, entró en el Instituto para ocuparlo. Adorno y Ludwig von Friedeburg llamaron a la policía. Hubo setenta y seis detenidos, y Krahl, al cruzar el cordón de agentes, insultó a gritos a sus maestros. En abril, en mitad de una lección, tres estudiantes lo rodearon, le arrojaron flores y se descubrieron el pecho. Suspendió el curso. Murió de un infarto el 6 de agosto, en Visp, durante unas vacaciones en Suiza, a los sesenta y cinco años. El curso interrumpido se titulaba Introducción al pensamiento dialéctico.
«No hay vida correcta en la falsa.»
— Minima Moralia (1951)
Para seguir leyendo
- Minima Moralia, Theodor W. Adorno (1951) — La mejor entrada: aforismos y fragmentos escritos en el exilio, donde su pensamiento respira sin la armadura del tratado.
- Dialéctica de la Ilustración, Theodor W. Adorno y Max Horkheimer (1947) — El libro que reescribió la historia de la razón occidental; el capítulo sobre la industria cultural se lee solo.
- En tierra de nadie. Theodor W. Adorno, una biografía intelectual, Stefan Müller-Doohm (2003) — Une la vida, el exilio y la música con el pensamiento sin reducir ninguno a los otros; en español, en Herder.
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Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.
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