Herencia, cenizas y silencio — Índice

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Herencia, cenizas y silencio — arco de piedra roto sobre un paisaje desolado

Cuentos posapocalípticos. Herencia, cenizas y silencio reúne relatos que comparten un mismo mundo: un territorio de murallas, calima y oficios viejos, donde cada cual negocia a diario con lo que le queda. Cada cuento se lee por sí solo; juntos van dibujando un mapa.

El desastre no se ve: ocurrió hace generaciones. Lo que queda es un pueblo que aprendió a vivir sobre las ruinas, y de ahí que estas portadas no muestren chatarra sino pesos, alacenas y umbrales.

Los cuentos se agrupan en cinco familias. Se publican a medida que llegan y cada uno se añade a su apartado.

Por dónde empezar

Si es tu primera vez en la serie, tres puertas sencillas:

  • La cuarta llave — el primero de la serie, la puerta por la que empezó todo.
  • Aire prendido — un amor en la linde de humo; se lee en cuatro minutos.
  • La sirga — diez viajeros, una gabarra detenida y una mujer a la que todos necesitan y nadie quiere al lado; la más larga, para cuando haya tiempo.

Cuentos de poder y sumisión

La autoridad, formal o accidental, y lo que hace con quien no la tiene.

  • La cuarta llaveHay una casa donde todo se pesa: el grano, el carbón, los favores y las culpas. Un hombre entra con las manos quietas y descubre que la balanza también guarda lo que uno no sabía que debía.
  • El alambreLos vencejos se enganchan en el alambre alto y se secan allí con las alas abiertas, y nadie los baja porque bajarlos sería subir. Un chico los cuenta cada noche desde la esquina de la plaza.
  • Nueve nudillosContaba sus propios nudillos porque no había nada más en el mundo que se dejara contar, y siempre se detenía en el noveno, donde el hueso termina en un muñón liso.
  • Los abanicos negrosEl bicho de hojalata abre los ocho abanicos que lleva plegados en el lomo, se bebe el sol y baja a un charco de salmuera. Cuando echa a andar, la Artesa Muerta no vuelve a ser la misma.
  • La críaLas crisálidas ahogadas suenan como grava fina cuando el chico las remueve con la paleta. Quedan dos arrobas de capullo por asfixiar y tiene las manos negras hasta media muñeca.
  • Caras nuevasEl primer pino abierto fuera de temporada tardó nueve jornadas en morirse, y en esas nueve soltó más miera que en doce años. Bardal bajó a verlo de noche, con una tea.
  • Miel viejaLo ataron al poste del colmenar con las muñecas a la espalda y las abejas le buscaban la boca. En el colmenar, hasta la miel tiene dueño y las cuentas se pagan en vasos.

Cuentos de duelo y memoria

La pérdida sostenida, el luto por costumbre, lo que se hereda o se abandona sin decirlo.

  • Rojo de marcarAl muerto del camino de la Veleta le habían limpiado las uñas una por una. Lo demás estaba como está siempre: descalzo, sin cinto, dos días de sol encima. Alguien se sentó a su lado con una púa.

Cuentos de cuerpo y mercancía

El cuerpo propio o ajeno convertido en bien de intercambio, materia prima o recurso.

  • Raso y colmadoUn crío descalzo en el umbral, los zapatos buenos atados uno con otro y las punteras hacia la calle, por si otro los aprovecha. En aquella casa fueron siempre gente de orden.
  • La sirgaEl lacre era pardo y tardaba en enfriarse: tres gotas, un anillo, y un pueblo entero atado a la cuerda de la sirga. Un hombre tira del río para que los demás coman.
  • Aire prendidoLos árboles de la Raya sueltan el humo a medianoche, todos a la vez, y durante un rato no se ve nada a diez pasos. Cuando se asienta, ella está allí, al otro lado de la linde.
  • El que cierraA los que se quedan les quitamos las botas antes de taparles la cara; es lo primero que aprende un zagal en la cañada. Después la manta, y una piedra en el pecho para que no se levanten.
  • La nave hondaUna bota asomando de la cal, un pueblo que prefiere no mirar y una oreja doblada que se repite desde hace cinco generaciones. La máquina de la Escuela dirá por qué.

Cuentos de crueldad íntima

La violencia doméstica y relacional sin marca visible, sostenida en el trato diario.

  • Antes de la florSe casó al acabarse la carda y empezó a apagarse sin que nadie diera con el sitio por donde se le iba la vida. La casa tenía una costura sin rematar.
  • Tres mil vueltasEn la puerta de la alacena, trescientas ochenta y una rayas de tiza cuentan las almendras que Brígida se ha comido. Las enteras se guardan para la casa; las partidas, para ella.
  • La cuenta a la bajaAl muerto le habían quitado los zapatos, y en las plantas se veía el cerco pálido de una suela que nadie había cambiado en años. Prisca lo vio desde la puerta y empezó a contar.
  • Del que no humeaEl hombre se ponía la careta para cenar. No toda la cena: solo cuando hablaba su mujer. Hay humos que se eligen y humos que se heredan.
  • Mitad y mitadCuando el digestor soltaba gas, los cuatro soltaban el mismo ruido por la garganta: primero el mayor, luego el segundo, al final los gemelos, juntos. La casa respiraba por ellos.
  • El asiento del braseroMe dormía con el palo de la deuda bajo la almohada, las muescas hacia arriba, y una mañana amanecí con las once marcadas en la mejilla. Hay deudas que se pagan sentándose del lado del brasero.
  • La cata largaEn Alcorbe el aire lo pica todo; por eso los muertos van abajo. Mairal sabía cuántas jornadas le quedaban a un aceite. Alguien llevaba once meses esperando la noche del viento.
  • Brasa sin humoEl cisco de encina bien hecho no echa humo ni huele. Dunia bajó de la costa a casarse con el hombre que lo hacía mejor que nadie, y empezó a apagarse.

Cuentos de la mentira necesaria

Ficciones de consuelo, verdades falsas que fabrica quien sabe que la verdad sola no sostiene a nadie.

  • Media vara de másUn forastero aparece bajo la costra de nieve y no cabe por ninguna puerta. El pueblo lo mide, lo deshiela y le inventa una vida antes de enterrarlo de pie.
  • Un palmo detrásLa chapa se engancha en la rejilla del retorno, envuelta en pelusa, y el aire la empuja sin fuerza para tragársela. Hay cosas que se quedan siempre un palmo detrás de donde uno mira.
  • Un cuarto de cobreSe ajusta el cuello de la camisa dos veces, aunque no hay nadie que vaya a juzgarlo, y busca su propio gesto en el vidrio ahumado. Las mangas remendadas con hilo de otro color lo dicen todo.